El porvenir
IECE, Instituto de estudios culturales y estéticos, Revista digital, 2017
Texto: Josefina Fossatti
Es difícil hablar de contemporaneidad mientras estamos en ella. Nos ubicamos frente a valoraciones que se sostienen sobre verdades precedentes. Sobre homologaciones construidas e impuestas en la mayoría de los casos en una época anterior.
Me referiré al arte contemporáneo entendido como la diversa producción de artistas activos de los últimos cincuenta años. Hecha esta aclaración –que denota lo compleja que es en sí misma esta noción de contemporaneidad- ubicándose a partir de la década del ’60 (Siglo XX) con las rupturas de las neovanguardias.
El hecho artístico como posibilidad descansa sobre un entramado de procedimientos simultáneos. Para que la obra de arte se inserte adecuadamente en el contexto socio-cultural el artista debe articular casi como un chamán una cantidad de dispositivos propios de esta época; teniendo en cuenta al arte como un gesto no programado ni esperado que imprevistamente irrumpe y desequilibra todo cuerpo social.
Si bien sabemos que nunca es absoluta la manera de presentarse ante nosotros el hecho artístico ni los derroteros por donde hubo de transitar hasta su concreción, tampoco sabemos los significados que pueda abrir.
Esto que aparenta ser una nueva modalidad para los espectadores más “conservadores” tiene larga data.
Hacia principios de los ’60 la actividad cultural emergía en el Instituto Di Tella, convirtiéndose uno de los principales focos artísticos en la Argentina, siendo una máxima de su director Romero Brest “no admitiremos repetición, por considerar inoperante la actitud creadora de quienes vuelven sobre lo hecho, aunque sea hecho por ellos mismos, y por mucha calidad que se le pueda reconocer a las obras que hagan (…) nuestra vara no es la del valor, cuya estimación es social y exige reconocimiento público, sino la de la invención, aún mejor dicho la de la aventura…proponemos, un camino de libertad de expresión, (…)”.
Cincuenta años más acá y adentrándonos en el ámbito más local, no contamos con ese aval, del cual resultaron salir los artistas que hoy conforman gran parte del patrimonio del arte argentino de esos años, que por supuesto se homologarían unas décadas más adelante.
Como un cambio de rumbo brusco, en momentos de quiebre, los límites procuran expandirse, extendiendo –tal como lo hiciera Ulises- las fronteras. La Odisea relata el regreso al hogar, resultando una inversión de diez años lo que podría haberse hecho en días. Si Ulises tardó tanto, fue para tener luego qué contar. Es el momento donde los dioses se van retirando de la escena y sirven de margen a personajes más humanizados.
Pareciera ser el momento en donde ese retorno inminente debiera llevarse a cabo y dejar en el camino aquello que nos ubicó en la periferia, circundando lo importante, ese lugar que nos arrimó a la vorágine dejándonos atrapados.
Cierto es que los artistas se fueron profesionalizando. A su formación académica se sumaron la tarea de gestión, de circulación, de visibilidad, tareas que contribuyeron a este alejamiento.
Pero simultáneamente se consolidaba el compromiso por la propia obra, profundizando la indagación en los contenidos más conceptuales del trabajo. El artista dejó atrás las cuestiones meramente contemplativas del arte, donde aún sobrevolaba un pensamiento utópico de una realidad imaginaria pero posible.
Ahora con los pies sobre la tierra nos encontramos mirándonos en línea horizontal con los ojos bien despiertos tratando de dirimir cuál es la manera de convivir en un entramado de múltiples realidades.
En el terreno local podríamos esgrimir que Mar del Plata es una epopeya, siendo una de las ciudades más importantes del país, con una enorme densidad de población, que históricamente desde lo institucional no hizo demasiado por la cultura entendida como la manifestación más cabal de su identidad.
Si se han logrado cosas, es en un alto porcentaje por la heroica tarea de artistas de todas las disciplinas que cansados de negativas comenzaron a reunirse y a autogestionar educación, espacios, movidas culturales, logrando imponerse y abriendo el juego a generaciones más jóvenes que elegían quedarse.
Es sustancial para poder seguir en este camino contar con programas, subsidios, apoyo económico y fundamentalmente confianza. En la medida que un pueblo no construya esa identidad no echará raíces que lo constituyan.
En los últimos años, comenzaron a sostenerse nuevas modalidades de trabajo que responden a inquietudes actuales. La reaparición de clínicas de arte, la necesidad de artistas que mediante la autogestión propusieron nuevos espacios de trabajo, de circulación y formación, los espacios alternativos en donde mostrar, en definitiva, la autonomía del campo artístico hizo que muchos jóvenes eligieran establecerse en Mar del Plata.
Este es un punto de inflexión que abrió el juego a los circuitos de visibilidad, a los procesos, a los referentes, a los abordajes. Comenzaron a repensarse los modelos de exposición, la importancia del cuerpo de obra, la experimentación como parte del proceso de producción, la formación, la reflexión acerca de la propia obra y la de los pares.
Dentro del terreno de la experimentación y la puesta en valor por parte de los artistas, del trabajo procesual, es que se viene perfilando el contexto del arte hoy.
Ahora bien, una sobrejustificación de esto haría poner en duda el terreno hasta aquí conquistado.
Los artistas contemporáneos deberíamos estar atentos de no caer en nuestra propia trampa. Las maneras ya instaladas hace rato se tornaron clichés y lindan la repetición. Vale decir: hay una larga nómina de tips que hacen anclaje en modos de exposición, en selección de montajes apropiados, en posturas a sabiendas convenientes, etc. que como el resto de las cuestiones, se han globalizado y están al alcance de todos, gracias a la virtualidad y su inmediatez.
Todos sabemos demasiado, al punto de caer en obviedades, en lo esperado, en la vereda de enfrente de lo intempestivo. Ya no basta ni conforma saberse contemporáneo, es necesario emprender el regreso, con todo lo aprendido y concentrarse en la obra. El artista debe volver a su trabajo, a hacer lo que sabe. En la medida que tengamos parámetros culturales e históricos podremos comprender el arte de nuestro tiempo.
De acuerdo con Carl Einstein “las obras de arte adquieren un verdadero sentido gracias a la fuerza insurreccional que ellas encierran” o lo que tomado de apuntes de Roland Barthes refiere a “lo contemporáneo es lo intempestivo”, ese anacronismo al que también hace referencia Giorgio Agamben en donde se da esa “singular relación con el propio tiempo, que adhiere a él y, a la vez toma distancia (…) Aquellos que coinciden plenamente con la época, que encajan en cada punto demasiado perfectamente con ella, no son contemporáneos porque, justamente por ello, no logran verla, no pueden tener fija la mirada sobre ella.”
Una de las cuestiones más interesantes tiene que ver con el antagonismo suscitado. Mientras el mundo nos urge, nos demanda inmediatez, nos empuja al vacío, el arte contemporáneo nos pide permanencia, tiempo, deducciones, pensamiento.
De igual modo nos lo presenta Ernst Jünger cuando compara en Abejas de cristal al reloj digital que no conecta los instantes sino que solo representa el presente, con el reloj analógico, que lejos de sentenciar, contiene el pasado y el porvenir en nuestros cálculos, es decir, la memoria y la imaginación.
Es en un espacio garantizado de libertad donde el artista podrá interpelar, resistir, confrontar, despertar, afirmar, poner en duda, esta entropía en la que habitamos todos juntos en este mismo momento.
Colaboración para «Capítulo 1, Página 1», obra de Inés Drangosch compuesta por escritos libres de varios artistas convocados, 2013
Texto: Josefina Fossatti
Un, dos, tres, cuatro y van mil.
-¿Cómo no te detienes? le preguntó.
-¿En dónde? Cada vez que te acuerdas de aquello sonreís.
-¿Pero de qué te reís? Calavera… recordaba que la multitud gritaba y repetía aquello.
-¿Qué no se entendió? -¿Cuándo entramos? Es que ya es tarde. El tiempo insiste en adelantarse como si en la carrera se cargara a los hombros el peso de esas horas agitadas, encimadas, superpuestas.
-¿Y cuándo dejas de arrastrarlas? Qué lastre. Pensó en lo que sucedió en la calle y la charla la aturdió en pensamientos desordenados. Volvió a mirar el reloj de agujas y respiró profundo. Los diez minutos que faltaban para las ocho daban cuenta que el futuro estaba ahí, muy cerca y debía tomarlo.
-¿Qué decís que ya se fue? Te repito: ¿A dónde?
-¿Vamos ahora? Que el saco no lo encuentro. Agarró un par de cosas urgentes, desechó otras que abultaban su bolso y sin acomodarlas, dejándolas caer como quien tira al blanco tomó las llaves.
-Te las tiro en el buzón. Mejor en la maceta. Si, las dejo en la maceta y te encuentro allá. El bar abre a las ocho.
Ocupó todo el espacio ofendido y saltó.
Colaboración para Galería Mutante Cocktail, 2015
Texto: Josefina Fossatti
Un tono musical vive
detrás de esa pared,
pequeño muro donde
toda relación es posible.